BUENOS AIRES. Vivimos en la era de los milagros digitales. Antes, para que alguien demostrara su nivel de miseria humana, tenía que esforzarse, mudarse a un consorcio conflictivo o, al menos, postularse a una intendencia. Hoy no. Hoy basta con un teléfono con cámara, una cuenta de TikTok y un vacío existencial del tamaño de una suite presidencial. El último exponente de esta noble cofradía del canje y el desprecio es un muchacho que opera bajo el alias de @soymaxx_maxx2. Un titán de la nada que descubrió que el algoritmo premia la audacia, pero olvida que la impunidad digital tiene fecha de vencimiento.
Maxx —con doble equis, porque una sola no alcanzaba para contener semejante dosis de ego— venía construyendo esa farsa monocromática que hoy llamamos "creador de contenido". Una coreografía de poses calculadas, estéticas aspiracionales y esa condescendencia tan típica del que cree que tener seguidores es un equivalente moderno de la nobleza. Pero el personaje se fagocitó al autor. En las últimas semanas, nuestro influencer de cabotaje se dedicó a lo que mejor le sale: ventilar sus miserias con el orgullo de quien muestra un premio Nobel.
Una joyita...
El menú de su intolerancia fue variado, como para no dejar a ningún sector sin ofender. Primero, el clásico desprecio ideológico: si no pensás como él, sos un subproducto intelectual. Después, la infaltable superioridad de billetera: la burla al que no llega a fin de mes, un clásico de la meritocracia de pantalla que olvida que la riqueza en redes suele durar lo que tarda en vencer el próximo acuerdo de marca. ¿Hay algo más tierno que un influencer creyéndose Bill Gates por elegir merendar en un "Starbucks, obvio"?
Sin embargo, el verdadero pico de su "creatividad" llegó con un video que ya forma parte del manual de la psicopatía digital. Maxx consideró que era una brillante idea humorística sentarse frente a la cámara a burlarse de una cita que había tenido con una persona con VIH. Sí, leyó bien. En pleno 2026, con décadas de activismo, ciencia y empatía encima, este muchacho pensó que el estigma y la salud ajena eran un excelente remate para conseguir un puñado de likes.
¿Qué nos pasa como sociedad que seguimos alimentando a estos monstruos de cartón pintado? ¿En qué momento decidimos que el contador de seguidores otorgaba fueros para la crueldad?
La respuesta, por supuesto, está en nosotros. El fenómeno de la cancelación a veces se lee como un linchamiento digital, pero en casos como el de @soymaxx_maxx2 es simplemente el espejo devolviendo la imagen. El público que ayer le festejaba la soberbia hoy se horroriza con su falta de humanidad. Descubrieron, con una lentitud alarmante, que detrás de los filtros de Instagram no había un tipo sofisticado, sino un hombre maduro y caprichoso jugando a ser superior. Maxx ahora ensayará el consabido libreto del arrepentimiento: video con cara lavada, tono compungido, la clásica frase de "fui malinterpretado" y, tal vez, una promesa de deconstrucción express. Todo muy previsible. La tragedia de estos personajes no es que los cancelen; es que cuando les apagás la pantalla, no queda absolutamente nada. Que la fuerza te acompañe, Maxx. Y si vas a pedir disculpas, por favor, hacelo sin filtros. Al menos para verle la cara a la realidad por una vez ya que a la tuya por abuso de esos filtros no la vemos.