Habían pasado apenas dos semanas desde aquel primer encuentro en el túnel de Amérika, y Nico se había convertido en un fantasma constante en mi celular.
Cada vez que sonaba una notificación con su nombre, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente: la pija dura, la ansiedad corriéndome por la piel. Se había
vuelto rutina: fotos desnudo, videos pajeándose, referencias morbosas al “gauchito” que le había chupado la verga mientras él me besaba. Una mezcla de provocación y control que me mantenía atado.
Ese día estaba en la oficina, y desde el mediodía no recibía nada de él. El silencio me quemaba, pero no quería escribirle. Prefería que fuera él quien me
buscara, como siempre. Hasta que por fin el celular vibró.
– ¿Nos vemos hoy?– Decía el mensaje.
– ¡Dale! ¿en donde? – le respondí sin pensar que todavía me faltaba mucho trabajo por terminar.
– A las 20 en la estación del subte de Congreso de Tucumán.
Salí disparado desde San Isidro. Sabía que no llegaba, pero igual fui. Con el celular descargado, me mandé a
ciegas. Cuando al fin estacioné, eran las 20:54. La estación estaba vacía. Nico no estaba.
Los días siguientes fueron un infierno. Revisaba el teléfono compulsivamente, esperando un milagro. Pero nada.
Con el correr de las semanas, la bronca se transformó en angustia. ¿Era posible que un pibe que apenas había
conocido me hiciera sentir así? Finalmente, incapaz de soportarlo más, le escribí un SMS
- Eu, disculpá por no llegar a tiempo. No te quise dejar plantado.
Me quedé mirando la pantalla, el corazón acelerado. Pasaron minutos eternos. No respondió. Esa noche me repetí “ya fue”,
aunque la angustia seguía clavada en el estómago.
Me metí a la ducha con el agua hirviendo, como si pudiera quemar el recuerdo. Cerré los ojos bajo el chorro, pero su
rostro seguía ahí. Su olor, sus besos, su saliva. Estaba atrapado. Media hora después, al salir, un sonido cortó el
silencio.
Un SMS.
- ¿Nos vemos hoy?
El corazón me dio un vuelco. Era él. Toda la angustia se disolvió en segundos. Me cambié rápido, salí antes de tiempo
y fui al punto acordado. Y ahí estaba, esperándome frente a la estación. Más imponente de lo que recordaba: hombros
anchos, ojos claros que parecían no parpadear, pelo ondulado. Una sonrisa apenas torcida, como de quien sabe que
tiene el control.
Fuimos rumbo a provincia y paramos cerca de la costa de Olivos, creo que nunca antes había sentido tanta tensión sexual con otro
pibe.
- Me dejaste plantado eh. (me decía mientras me rodeaba con su brazo)
- Intenté llegar temprano, pero cuando llegué ya te habías ido.
- Shhh vení ahora chupala vos
Abrió el jean con calma y me empujó la cabeza hacia abajo. Su olor era penetrante, animal, intoxicante. Al principio lo
hice con cierta torpeza, deteniéndome a veces por algún vello, pero él me guiaba con la mano firme en la nuca, marcando
el ritmo. Los vidrios del auto se empañaron rápido.
Cada tanto, un sabor salado me invadía la boca. Su cuerpo me hablaba de que estaba por acabar. Intenté apartarme, pero en
ese momento su mano se cerró con fuerza en mi nuca. No me dio opción. Sentí cuatro chorros calientes golpeándome la garganta.
Me revolví, pero estaba atrapado. Cuando logré levantarme, tenía la boca llena. No quería manchar el asiento, así que lo
tragué todo, entre asco y placer, entre enojo y excitación.
- Disculpá, cuando me di cuenta no pude parar.
- Sos un hijo de puta, pero me gustó.
Él también rió, y volvimos a acomodarnos. Yo todavía sentía el gusto de su semen, el olor de su verga impregnado en mi cara.
El silencio en el viaje de regreso a Capital fue pesado, casi insoportable, pero no podía dejar de mirarlo de reojo. Había
algo en él que me atraía como un imán, incluso sabiendo que me podía destruir.
Esa noche entendí que no estaba empezando una aventura. Estaba entrando en un terreno oscuro, donde el deseo y la dependencia
se confunden. Y Nico lo sabía